Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar

AMAZONAS – Parte II. Rodeados de delfines, pirañas, monos y ranas gigantes.

PERÚ · Día 2 de 13 · AMAZONAS

[19 Abril 2022]

Amanecemos a las 6 de la mañana entre graznidos y vocalizaciones en la lejanía que nos trasladan a mi película favorita de cuando era niño: El libro de la selva. Vamos al tendedero para ver si la ropa se ha secado algo: verificamos que no. Decidimos dejar el ventilador (que no ventila mucho) encendido sobre la ropa para ver si así se seca mejor. Error.

Llegamos de los primeros al desayuno, y hay mucho donde elegir: queso, jamón cocido, pepino, tomate, café, yogures… Además de una tortilla que los cocineros te hacen al momento con lo que les pidas (queso, bacon, cebollino, champiñones).

Desayuno en el Muyuna.

A las 7:15 de la mañana ya estamos saliendo en barca para la excursión de la mañana, que duraría nada menos que 4 horas y media. Edgar nos dice que nos llevemos bañador, toalla y crema de sol (imprescindible porque el sol amazónico te quema sin que te des cuenta) porque hoy nos vamos a bañar. «¿Cómo? ¿En el mismo agua donde se ocultan caimanes de seis metros?»

Nosotros con Mayer (el conductor) y nuestros amigxs de Badajoz.

Empezamos la excursión en silencio, disfrutando de la paz y quietud de este paraíso tropical, interrumpida únicamente por los graznidos esporádicos de los escandalosos tuqui-tuquis, las aves exóticas más marroneras del Amazonas. A poco que se acerca la lancha alzan el vuelo entre estridentes y agudos chillidos.

Tuqui-tuqui o «ave Jesús» armando jaleo.

Los tuqui-tuquis también se llaman «jacanas» o «aves Jesús», ya que su anatomía les permite caminar sobre plantas acuáticas finas como los lirios, dando la impresión de que caminan sobre el agua, como Jesucristo según la Biblia. Esto es debido a su poco peso, y a que sus dedos alargados le permiten distribuirlo en una mayor superficie (como nosotros cuando nos ponemos raquetas para caminar por la nieve sin hundirnos).

Edgar, nuestro guía.

Edgar y el conductor, un chaval muy majo llamado Mayer, nos van desplazando por los afluentes del Amazonas mientras buscan fauna y flora que enseñarnos. Vemos a lo lejos una elegantísima garza de Cocoi, bastante más esquiva y solitaria que las garzas blancas. Se alimenta de peces, anfibios y pequeños invertebrados.

Garza de Cocoi posada en un árbol.

El Amazonas es una experiencia para los cinco sentidos: la humedad en cada poro de tu cuerpo, los zumbidos de los insectos y los chillidos de los monos, los mil olores que se entremezclan en los corredores estrechos con su densa vegetación… y de vez en cuando, en zonas más cerradas, un aroma a putrefacción; porque el ciclo de la vida también incluye materia orgánica en descomposición.

Una pareja de guacamayos amarillo-azulados surcan el cielo aleteando hasta su nido. Son los típicos guacamayos preciosos que, desgraciadamente, se venden como mascotas en algunas tiendas. Son animales monógamos que mantienen su pareja de por vida.

Pareja de guacamayos.

Poseen un poderosísimo pico para partir nueces y semillas. Durante su alimentación y desplazamientos ayudan a dispersar las semillas de las plantas amazónicas, por lo que tienen un importante rol ecológico en la selva. A veces comen arcilla para neutralizar la absorción de toxinas en el intestino (como el carbón activado que se usa en medicina humana).

Jacamará orejiblanco.

El jacamará orejiblanco es un ave pequeña, familia del pájaro carpintero. Es una especie arbórea que pone sus huevos en oquedades de los troncos. Como casi todos los animales que observaremos hoy, es una especie endémica de América Central y del Sur, por lo que no pueden encontrarse en otras partes del mundo.

«¡Mirad allí arriba!», nos susurra Edgar. Oculto a lo lejos entre las hojas de los árboles (no sé cómo leches es capaz de localizarlos), está comiendo tranquilamente un oso perezoso de tres dedos. Estos animales reciben su nombre del pecado capital de la pereza, pues se mueven lentísimos ya que tienen el metabolismo más bajo de todos los mamíferos conocidos.

Perezoso de tres garras.

Esto los convierte en un blanco fácil para depredadores como águilas harpías o anacondas; y por ello viven todo el día camuflados entre las ramas, colgados con sus fuertes garras. Sus tendones están especializados para que puedan estar colgando de las ramas sin apenas esfuerzo (incluso cuando duermen) y al parecer son muy resistentes a las caídas.

En suelo son bastante torpes pero nadan muy bien. Al igual que los rumiantes, su aparato digestivo se divide en varios estómagos que les permiten digerir las hojas que consumen.

Cecropia o «guarumo», uno de los árboles favoritos de los perezosos.

Edgar nos explica que para avistar animales es clave saber sobre sus costumbres. Si sabes qué árboles les gustan a los perezosos ya tienes medio camino hecho, y uno de ellos es la cecropia o «guarumo»; donde los perezosos comen, duermen, se aparean y crían. La cecropia es una especie pionera, es decir, de los primeros árboles que aparece en la selva tras un impacto dañino como un incendio. Otros árboles que les gustan son la mimosa (una acacia) y los ficus.

Pavas o «camungos» vigilando su territorio.

Otra de las aves típicas amazónicas es el «camungo» o «pava». Es un ave corpulenta, de aspecto que recuerda al pavo de corral. Vive cerca del agua y descansa en árboles, demarcando su territorio con sonidos que se escuchan a menudo por la selva. Suelen vivir en parejas y no se alejan mucho de las crías.

No estoy seguro pero creo que puede ser un «toche de pantano», que vive en humedales. Nombre científico: «Chrysomus icterocephalus».

Interrumpiendo la quietud de la selva, en la lejanía se escuchan unos chillidos agudos que reciben respuesta. Nos dice Edgar que son monos tocones, especialmente activos a primera hora de la mañana. No conseguimos verlos, pero utilizan sus ruidosas vocalizaciones para decir que ese territorio es suyo.

En busca de fauna.

La barca se desplaza lentamente por la orilla y nosotros estamos con los cinco sentidos alerta, reactivos a cualquier sonido, cualquier rama moviéndose, cualquier estímulo que nos descubra algún bicho nuevo.

Lo más fácil de avistar son las aves, y las hay de mil especies diferentes. Es increíble lo bien que se camuflan entre la flora porque al principio es muy complicado verlas; pero una vez localizadas te dices: «¿Cómo no la he visto antes?».

Aguilucho variable.

No llevaremos ni una hora en barca cuando el movimiento de unas ramas nos avisa del avistamiento más emocionante de la mañana: varios monos ardilla se desplazan entre los árboles saltando de rama en rama. Apenas se dejan ver diez segundos pero consigo hacer una foto justo cuando la silueta de uno se recorta entre los árboles.

Monete ardilla saltando.
«Aves Jesús» armando alboroto para avisar de nuestra presencia.

Los nidos de oropéndolas o «paucares» (aves negras y amarillas que también tienen familiares en España) son muy vistosos, pues cuelgan como sacos a gran altura de las ramas de los árboles. Los construyen con ramas, cortezas y hojas; y procuran construirlos cerca de nidos de avispas como protección extra frente a los depredadores. Además los paucares tienen gran fama como imitadoras de otras aves, pues son capaces de reproducir una gran variedad de cantos y trinos.

Nidos de oropéndolas.
Felicidad en el Amazonas.

Después de un par de horas bordeando las orillas en busca de monos y aves, Mayer y Edgar nos conducen hacia unos afluentes más «cerrados» para ver si conseguimos localizar iguanas, y el ecosistema de ribera se convierte en manglar.

Es impresionante cómo cambia la flora de unas zonas a otras; hay muchos micro-ecosistemas. Edgar nos enseña unas palmeras nativas de la Amazonia llamadas «Astrocaryum» cuyo fruto consumen las pirañas (no son carnívoras estrictas).

Into the manglar.
Libélula y vegetación flotante del Amazonas.

Después de un rato buscando, Edgar lo consigue. Madre mía, si la fauna del Amazonas se camufla bien, las iguanas ya ni te cuento. La foto está hecha con bastante zoom, pero ahí estaban… ¡Dos iguanas verdes!

Iguana tostándose.

Estos reptiles son herbívoros y con la cola pueden medir hasta dos metros. Suelen encontrarse en las ramas más altas tomando el sol, porque como todos los reptiles, son poiquilotermos. Esto significa que dependen de fuentes externas de calor para regular su temperatura corporal, lo que vulgarmente conocemos como «sangre fría». No tienen mecanismos como los mamíferos, que tiritamos para producir calor y jadeamos cuando necesitamos perderlo.

Entre iguanas y palmeras.

Victoria regia o «victoria amazónica» es el nombre que se le da al nenúfar más grande del mundo, que crece en aguas poco profundas de la cuenca del Amazonas. Se hizo muy popular en Reino Unido y de hecho la bautizaron en honor a la Reina Victoria de Inglaterra en el siglo XIX. Sus hojas (lo que se ve en la foto) pueden medir más de un metro (hay fotos de niños subidos) y sus raíces sumergidas alcanzan los 8 o 9 metros.

Victoria regia.

Su flor, también espectacular, únicamente se abre por la noche; y su polinizador principal es el escarabajo, que queda atrapado en la flor cerrada para que coja el polen mientras se alimenta, y al día siguiente es liberado para distribuir su polen y fecundar otras Victoria regia.

Busardo colorado o «mamavieja».

El busardo colorado, o como lo llaman en el Amazonas, «mamavieja», debe su apodo al plumaje blanco de su cabeza, que recuerda a las canas de la vejez. Esta rapaz pescadora acecha entre la vegetación hasta que localiza una presa en el agua y se lanza en picado a por ella, cogiendo el pescado con sus afiladas garras. También se alimenta de lagartos, roedores, pequeñas aves…

Garzas blancas.

Las garzas blancas son un habitante muy habitual del Amazonas por lo que no tendrás ningún problema para verlas. Son aves pescadoras y se quedan quietas en el agua hasta que ven una presa y la cazan con su largo pico a modo de arpón.

Algunas poblaciones son migratorias y se pueden ver también en España (en invierno están en África y en verano suben a Europa); sin embargo en la selva amazónica, donde el clima es regular todo el año, son sedentarias. Además en el Amazonas se ven a decenas y están mucho más habituadas a la presencia humana.

Garceta haciendo «kung fu».

Es fácil confundirlas con sus parientes, las garcetas comunes, que se pueden ver en cualquier río de España (como el Ebro, en Zaragoza). Estas se diferencian de las primeras porque no se encuentran en América, son más pequeñas y poseen unas plumas largas en la coronilla a modo de «rastas».

Las garzas suelen estar encima de «praderas flotantes» que se forman por la congregación de miles de pequeñas plantas acuáticas. Es curioso porque la barca motorizada avanza por el medio de estas plataformas, que se abren a nuestro paso dividiéndose en nuevas islas temporales. La barca a veces se atasca porque el motor se llena de vegetación, pero deben estar acostumbrados; le dan unos segundos marcha atrás y se limpia.

Garceta nevada.

Otra más: la garceta nevada o «garza pequeña pico negro». Más pequeña que la garza blanca y con pico más corto, espera a las orillas de los ríos para alimentarse de gusanos, pequeños peces, ranas, caracoles, sapos…

Increíble Amazonas.

Edgar nos recuerda que nos encontramos en el río más caudaloso del mundo, que nace a más de 5.000 metros de altura en los Andes peruanos aunque nosotros veamos solo la parte baja. Sus orillas son ricas en nutrientes y por ello la agricultura de los ribereños es rica en frijoles, arroz, plátanos…

Ribereño del pueblo de Ayacucho. Son pescadores y agricultores; y comercian con plátanos ya que los plataneros abundan en las riberas amazónicas.

Con sutiles señas de mano desde la proa, Edgar da indicaciones a Mayer, que maneja el motor desde la popa (sin mediar palabra sabe cuándo tiene que girar, acelerar o detenerse). Nos salimos de los afluentes para entrar en una zona inmensa que parece un gigantesco lago.

Allí nos avisan de lo que hemos venido a ver: delfines de río. Porque sí: no solo hay delfines en el mar. De vez en cuando vemos algún lomo surcando el agua con timidez en la lejanía. Y entonces nos dice Edgar: «Bueno, ¿quién se quiere bañar?». Y nosotros: «Eh… ¿pero aquí no hay caimanes, serpientes y pirañas?». Él se ríe de nosotros y dice «Naaaah ellos no vienen acá, esto es zona abierta», y se lanza al agua sin pensárselo dos veces.

Un celíaco en el Amazonas, y Edgar.

Yo no tardo mucho más; primero, porque es la única oportunidad que tengo de decir que me he bañado en el Amazonas; y segundo, porque Edgar es un superviviente nato y sabe lo que hace. Poco a poco vamos perdiendo el miedo y casi todos acabamos dentro. El agua está buenísima.

Edgar nos dice que chapoteemos en el agua, porque los delfines de río se sienten atraídos por el sonido. Debe ser verdad que sienten curiosidad por los chapoteos, porque conforme toman confianza saltan a tan solo unos metros de nosotros.

Y es que sus ojos son pequeños y su sentido de la vista está muy atrofiado, ya que ellos se orientan mediante la ecolocalización: mediante la emisión de sonidos, reconstruyen el lugar donde se encuentran analizando el eco que producen sus trinos y cantos en los objetos (como los murciélagos y otros cetáceos).

Delfín gris saltando hacia nosotros.

Se dice que los delfines nunca duermen del todo, y es porque siempre tienen medio hemisferio cerebral «despierto» para monitorizar la respiración. Esto se debe a que, como todos los mamíferos, necesitan emerger a la superficie para captar oxígeno y llevarlo a sus pulmones de vez en cuando. Al igual que las ballenas jorobadas islandesas, inspirany espiran mediante el espiráculo situado en su frente.

En el Amazonas encontramos dos tipos de delfines. El delfín gris mide unos tres metros y puede vivir en torno a 30 años. Físicamente se parece al delfín común oceánico y se limita a los grandes lagos, es decir, las zonas abiertas de los ríos.

Este delfín tiene cara de llamarse Joey. «Hello! How you doin’?»

Sin embargo, los delfines rosas son capaces de moverse también por riachuelos y afluentes estrechos, gracias a una peculiaridad que lo diferencia de los demás delfines: no tiene las vértebras cervicales fusionadas. Esto les permite girar la cabeza 180 grados y ser mucho más flexible y esquivar así raíces, piedras y troncos; por lo que en época de lluvias pueden adentrarse en la selva inundada donde sus presas (peces, pirañas, cangrejos, tortugas) están más concentradas.

Por cierto, ¿por qué son rosas? Pues porque cuando los machos se «enojan» o se excitan durante la época de apareamiento, se dilatan los capilares de su piel, adquiriendo un intenso tono rosado. Como nosotros cuando nos sonrojamos.

Por desgracia, el delfín rosado está en peligro de extinción debido mayormente a la destrucción de su hábitat y a su pesca accidental. Por ello son mucho más difíciles de ver; los de las fotos son todos delfines grises, que eran muy extrovertidos y se pegaron un buen rato nadando alrededor de nosotros.

Más delfines curiosos.

El delfín rosado un animal muy respetado y a menudo es objeto de historias del folclore amazónico. Hay quien dice que los delfines rosados son espíritus de personas ahogadas, otros dicen que pueden llevarte a una ciudad submarina, y también se dice que en la luna llena se convierten en hombres apuestos vestidos de blanco que van a las fiestas de los pueblos para reproducirse con mujeres y perpetuar así la especie (así justificaban el embarazo fuera del matrimonio).

Muy a nuestro pesar (aunque han pasado cuatro horas y media sin darnos cuenta), Edgar nos dice que tenemos que volver al lodge para comer; no sin antes recordarnos que por estos lares también hay peces gato (lo que cenamos ayer) y rayas y anguilas eléctricas. Pero no os preocupéis, que prefieren los fondos y estos lagos son muy profundos.

Durante el trayecto de vuelta nos cae otra lluvia tropical, más light que la de ayer, y nos damos cuenta de que nos hemos socarrado pese al cielo gris y el protector solar. «Dale chinito dale», le mete caña Edgar a Mayer antes de quedarse dormido en el bote. Cuando volvemos al lodge vemos que nuestra ropa empapada se ha secado un 50%. ¡No está mal!

Ají de gallina, res estofada y otras cosas. Todo estaba chévere.

Las 12:30, ¡hora de comer! Menú del día: ají de gallina (una delicia muy típica peruana que consiste en pollo mechado en salsa de cebolla, leche y ají; no apta para celíacos), verduritas, arroz, carne estofada, papa con mayonesa, huevo duro… Si ya os digo que es imposible quedarse con hambre.

Y con la tripa llena, buena siesta en la cabaña mientras fuera cae otro diluvio tropical. Como para dejar la ropa fuera secando… Parece mentira, pero la vida del avistador de fauna es tan adictiva como agotadora.

Hogar, dulce (y húmedo) hogar.

Nos desperezamos, nos ponemos bien de crema solar, un cafecito rápido en el comedor y a las 15 horas estamos en la barca, como viene siendo costumbre. El objetivo de la tarde es ir a pescar pirañas, actividad que a nosotros no nos apasiona pero nos llevan igual.

Por suerte para nosotros, las ramas que se alzan sobre nuestra barca se balancean y sorprendemos a unos vecinos que nos apasionan mucho más, y muy de cerca. ¡Monos ardilla!

Un poquito de fruta que es muy sana.

Los monos ardilla forman grupos de hasta 70 individuos y son nómadas, no tienen territorio fijo. Son diurnos y arbóreos, así que no es difícil verlos saltar de rama en rama por las orillas de los ríos amazónicos. Se alimentan de frutos, hojas, insectos, huevos de ave… Un poco de todo. Es adictivo verlos, son graciosísimos.

«Mono ardilla» diciendo «¿Qué hacéis aquí, forasteros?»

Son polígamos y suelen tener a las crías en torno a marzo-abril (época lluviosa) porque hay abundancia de recursos alimenticios. Nosotros tenemos la suerte de ver a una madre con su cría. Esta todavía no se atreve a seguir a su madre por sí sola, así que se deja llevar agarrándose con sus manitas al pelaje de la espalda de su progenitora.

Madre de mono ardilla con su cría.

Debido a su pequeño tamaño, en algunos países como Ecuador o Colombia estos monetes son víctimas del tráfico ilegal para su comercio como mascotas. Lamentable e innecesario.

La madre se cansa y deja a la cría en una rama mientras se va a por comida (tranquilos, volvió a por ella).

Después de un buen rato embelesados con la familia de monos, nos vamos al área de la pesca de pirañas. Dice Edgar que a las pirañas no les gustan las corrientes; por ello se encuentran en pozas pequeñas y estanques calmados, que es donde las vamos a ir a buscar.

Edgar y los prados flotantes (todo lo verde son pequeñas plantas acuáticas que se abren al paso de la barca).

Edgar y Mayer se van abriendo paso entre la vegetación hasta que localizan un hueco que les parece adecuado. Una vez allí nos dan unas nociones básicas de pesca, que a priori parecen sencillas: primero, clavar un pedazo de carne al anzuelo; segundo, lanzar la caña. Pues bueno, las pirañas saben que somos unos parguelas porque se comen la carne pero no pican.

Sitio elegido para pesca (ni tan mal, las vistas son brutales).

Las famosas pirañas «asesinas» han aparecido en tantas películas de la peligrosa selva amazónica que a todos nos generan miedo, y es que pese a su pequeño tamaño tienen unos dientes afiladísimos y un aspecto bastante imponente. De hecho, su nombre proviene de la lengua guaraní y significa «pez del diablo».

Sin embargo, son omnívoras y tienen más miedo de ti que tú de ellas. Son carroñeras, pacíficas y no atacan a grandes animales ni a humanos (y aunque así fuera, no te devorarían, pero probablemente te dejarían unas buenas marcas). Se desplazan en grupo para huir de sus depredadores como el delfín rosado o los caimanes.

Celíaco Resignado con el outfit de explorador, en busca de una piraña sin gluten.

Después de muuuucho rato intentándolo, conseguimos pescar media docena de «pirañas de vientre rojo» (nuestra cena, dice Edgar; y no bromea). Cuando una piraña «pica» todavía no ha acabado el reto, porque tienes que conseguir meterla en la barca antes de que se libere, sin golpear a nadie en la cara con la piraña ni con la caña.

Mayer y nuestra cena.

La verdad, no nos apasionó esta actividad, pero a mí me tuvo un rato entretenido (Influencer a la Fuga la detestó de principio a fin). Lo que está claro es que la pesca juega un papel fundamental en comunidades aisladas que dependen de la misma y no tienen más medios que barcas y cañas; pero como hobby primermundista no acabamos de comprenderlo. También te digo que si todos pescáramos nuestra comida y se eliminara la pesca de arrastre, los ecosistemas marinos estarían muchísimo mejor conservados.

Cae el sol en el Amazonas.

Nuestro último plan de la tarde es ver atardecer sobre el Amazonas, lo cual es totalmente azaroso porque el tiempo es aleatorio y cambia de sol a tormenta en cuestión de minutos; pero parece que vamos a tener suerte porque está muy despejado. Por el camino nos encontramos con unos cuantos animaletes, y Edgar nos hace preguntas de examen para ver si nos vamos aprendiendo los nombres.

Pareja de «pihuichos» (me encantan los motes peruanos).

Vemos una pareja de pihuichos de ala blanca, unos pequeños loros que también son conocidos como «periquitos aliamarillos». Aquí podemos ver cómo construyen su casita en un nido de termitas gracias a sus propiedades antibacterianas, como ya hablamos en la anterior entrada. Una vez han incubado los huevos y cuidado a los polluelos, el padre y la madre vuelven a los dormideros comunales, donde se juntan a centenares.

¿Gavilán negro? (con cara de sorprendido)
Oso perezoso macho.

Los osos perezosos macho se reconocen fácilmente porque su pelaje dibuja una línea oscura en medio de la espalda.

Buitre negro o «gallinazo».

Los buitres negros o «gallinazos negros» son las primeras aves que vimos en Perú, y es que sobrevolaban ya la carretera que nos conducía desde Iquitos hacia nuestra lancha (no son endémicos de la selva, y de hecho los veríamos también en Paracas). Como buenos carroñeros, suelen planear desde las alturas o coronar las puntas de los árboles más altos en busca de presas muertas de las que alimentarse.

Osa perezosa junto a su cría (el bulto pequeño que tiene arriba a la derecha).
Belleza y calma.
Comunidad de San Juan de Yanayaco.
Garza volviendo a su casa.
San Juan de Yanayaco.

Para variar, el Amazonas nos regala un atardecer precioso que disfrutamos con calma. Finalmente regresamos al Muyuna Lodge con la satisfacción de unos turistas que quieren quedarse a vivir aquí un mes. «Chévere», nos sonríe Edgar, también satisfecho.

Atardecer en el Amazonas.
Celíaco Resignado e Influencer a la Fuga, versión exploradores.

La cena de hoy consiste en las pirañas que hemos pescado (poca carne tienen, aunque de sabor no están mal), brochetas de dorada y unas cuantas cosas rebozadas con gluten. Yo repito brochetas y complemento mi cena con fruta y pan de Schar.

A las 19:45 estamos cenados y a bordo de unos kayaks para hacer nuestra excursión de la noche, que hoy consiste en caminata por la selva para ver animales nocturnos. Imprescindible llevar linternas frontales.

Muy recomendable llevarse linternas frontales buenas de España (o de vuestro país de origen) ya que se utilizan en todas las excursiones nocturnas, tanto para avistar animales como para no caerse de morros al tropezarse con una raíz. En el Muyuna cuestan 15 Soles y en Iquitos 25 Soles, así que ante la duda en el Muyuna; pero en ambos casos son de calidad regulera.

Después de 20 minutos remando por la selva inundada, esquivando raíces, piedras, lianas y plantas tropicales varias, llegamos a tierra firme. La caminata como tal dura apenas una hora, pero cunde bastante; y es que a los pocos metros vemos una rana gigantesca.

Rana toro o «hualo».

La imponente rana toro o «hualo» nos deja locos porque llega a pesar 1 kilógramo y tiene el tamaño de un balón de fútbol. ¡Es exagerado! Se trata de un anfibio terrestre que se alimenta de gusanos, insectos, peces, otras ranas, arañas, lagartijas e incluso algunas aves. Por otra parte es presa de serpientes, aves rapaces, nutrias… e incluso de algunas comunidades amazónicas.

Es una especie invasora que proviene de Norteamérica y se ha extendido por todo el mundo. En el caso que nos ocupa, se introdujo para cría en ranarios de la cuenca del Amazonas y posteriormente se liberaron. Su apetito voraz y su gran adaptabilidad a diferentes ecosistemas, la han convertido en un peligro importante para muchas especies autóctonas amazónicas; cuyas poblaciones ya se ven amenazadas por otros factores como la deforestación o la contaminación por la actividad minera.

Araña (no sé la especie; creo que nos dijo Edgar que no es venenosa).

Encaramada a un árbol sin moverse un milímetro, vemos una tarántula hembra que se diferencia de la de ayer (un macho) en que posee un «abdomen» mucho más ancho.

Tarántula hembra del tamaño de un puño. La llamaremos Aragog. ¿Se habrá comido a su pareja hoy

Tienen ocho patas y dos pequeños bracitos llamados «pedipalpos» (en la foto quedan hacia abajo, donde la cabeza) que les sirven para meterse el alimento a la boca, excavar o captar estímulos sensoriales. En el caso de los machos, les sirve incluso para guardar el semen hasta que llegue una hembra donde introducirlo.

También vemos un escorpión negro peruano, endémico de la zona, otro depredador nocturno que durante el día permanece escondido e impone mucho respeto. No caza de forma activa, suele atacar por emboscada cuando su presa se acerca. Este ejemplar era muy pequeño, como un dedo pulgar. No es una especie agresiva con humanos, pues suele huir, pero tampoco hay que acercarse a acariciarlo: su aguijón inocula un veneno con neurotoxinas que pueden provocar vómitos, sudoración, dolor abdominal, taquicardia…

Escorpión negro peruano.

Durante nuestro trayecto de regreso en kayak tratamos de buscar ojos brillantes de caimanes en el agua, pero lo único que vemos son decenas de murciélagos e insectos grandes volando cerca de nuestra cara.

Una vez en la cabaña, sorpresa: se ha gastado la energía (por nuestra gran idea de dejar el ventilador encendido para que se secara la ropa empapada). Un guía nos comenta que además compartimos batería con otra cabaña, y que las placas solares no se recargarán, evidentemente, hasta que haga sol…

Hubiéramos agradecido un aviso previo pero nos adaptamos: ducha en la oscuridad con las linternas frontales (menudo partido les estamos sacando) y a dormir cual osos perezosos.

***

>> AMAZONAS – Parte III. En busca de anacondas y la Comunidad de San Juan de Yanayaco.

Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: